No hay que esperar el 14

El perfume de tu beso

pinta alas en mi espalda

para arrancar todo el cielo

a martillazos de luz

que desprendan los luceros.

Tu beso quiere que arranque

las estrellas de un flagelo,

y que los trozos de nube

se me queden en los dedos,

que caigan los meteoritos

sobre mi noche de pelo,

y que el sol venga a quemarme

sin heridas todo el cuerpo.

Tu beso, ladrón de almas,

altruista y usurero,

me puso alas de nácar

que saben domar el viento

para que puedan tus labios

saborear el universo.

Y yo, que nunca en la vida

tuve alas por un beso,

ni conocía el aroma

provocador del aliento,

yo, que era una botella

sin un mensaje de afecto

que por no ir tras el mar

quedó sola en el desierto,

yo, deudora de sofismas

y acreedora de tormentos:

claro que con estas alas

iré hasta un campo de argento

y con mis manos de niña,

rompedoras del silencio,

dueñas de los relámpagos

y amas de los aguaceros,

arañaré los celajes

que se asemejan a espejos,

y con astros y cometas

le haré pulsos al deseo.

Mas, cuando el techo esté roto

sin tablas de terciopelo,

lo dormiré en el bolsillo

de mi pantalón obrero.

Y después de tu delirio,

mis refulgentes esfuerzos,

mis nocturnas pretensiones,

mis eclipsados desvelos,

mis amaneceres blancos,

mis atormentados vuelos,

mis saltos a los satélites,

mi sed de tus labios gruesos:

cuando mires hacia arriba

solo verás el reflejo

de tu sonrisa perfecta

que es mi pedazo de cielo.

Porque así, en la blancura

de tus sábanas de incienso,

sobre tus almohadas suaves

y tus cabellos de ébano

yacerá el cuerpo brillante

y azul de un tejado eterno,

y entonces, por un segundo:

Será tuyo el firmamento.

Porque así de poderoso

Y divino es el deseo,

que al universo más grande

puede volverlo pequeño.

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